La inteligencia artificial puede transformar profundamente nuestra relación con el trabajo. Para la arquitectura, esta transformación plantea una pregunta aún más interesante: ¿cómo deberían ser nuestras viviendas, edificios y ciudades cuando trabajar deje de ocupar la mayor parte de nuestro tiempo?
Durante buena parte de los siglos XX y XXI hemos diseñado nuestras ciudades alrededor del trabajo. Vivimos en un lugar, trabajamos en otro, compramos en otro y dedicamos una parte considerable de nuestro tiempo a desplazarnos entre ellos.
La vivienda, la oficina, el centro comercial y las infraestructuras de transporte son, en gran medida, consecuencia de esta forma de organizar nuestra vida.
Pero ¿qué ocurriría si la inteligencia artificial y la automatización redujeran considerablemente el tiempo que necesitamos dedicar al trabajo?
Quizá dentro de unas décadas la jornada laboral de ocho horas deje de ser la estructura alrededor de la cual organizamos nuestros días. Si esto sucede, la arquitectura tendrá que responder a una cuestión que va mucho más allá de construir mejores viviendas:
¿Qué haremos con nuestro tiempo y qué lugares necesitaremos para vivirlo?
La inteligencia artificial probablemente será capaz de realizar una parte creciente de las tareas que actualmente ocupan nuestro tiempo.
Esto no significa necesariamente que desaparezca el trabajo. Seguramente aparecerán nuevas profesiones y nuevas formas de producir. Pero sí parece razonable pensar que una sociedad mucho más productiva necesitará menos horas humanas para generar muchos de los bienes y servicios que necesita.
Si el trabajo deja de ocupar ocho horas de nuestro día, tendremos más tiempo para aprender, crear, cuidar, hacer deporte, relacionarnos, participar en nuestra comunidad o simplemente disfrutar de nuestro entorno.
Y entonces la arquitectura tendrá que acompañar esa transformación.
La ciudad del futuro podría dejar de organizarse principalmente alrededor de los lugares de trabajo para comenzar a organizarse alrededor de la vida cotidiana de las personas.
Creemos que una de las grandes oportunidades será recuperar espacios donde las personas puedan hacer cosas con sus propias manos y desarrollar proyectos personales.
Talleres de pintura, cerámica, carpintería o fabricación digital. Estudios de música. Cocinas compartidas. Pequeños laboratorios. Huertos urbanos. Espacios donde reparar, experimentar o construir.
La inteligencia artificial podría convertirse en una herramienta extraordinaria para aprender y desarrollar ideas, pero necesitaremos lugares físicos donde convertir esas ideas en realidad.
Quizá cada barrio pueda disponer en el futuro de una especie de taller colectivo, accesible a todos sus habitantes.
Un lugar donde crear vuelva a formar parte de la vida cotidiana.
Si vivimos más años y nuestras carreras profesionales son cada vez menos lineales, la educación tampoco debería concentrarse exclusivamente en los primeros veinte años de nuestra vida.
Las ciudades podrían convertirse en grandes espacios de aprendizaje continuo.
Bibliotecas, aulas, talleres y espacios flexibles podrían integrarse dentro de los propios edificios residenciales y barrios.
Personas de diferentes generaciones podrían aprender juntas y, al mismo tiempo, transmitir sus conocimientos.
La educación dejaría de estar vinculada únicamente a obtener una titulación o encontrar un empleo y podría recuperar algo mucho más elemental: aprender por curiosidad.
Una sociedad con más tiempo disponible también podría dedicar más tiempo a una actividad fundamental que nuestras ciudades muchas veces han relegado: cuidar.
Cuidar de los niños.
Cuidar de las personas mayores.
Cuidar de nuestros vecinos.
Y cuidar también de nuestro entorno.
La arquitectura puede favorecer estos vínculos mediante edificios y barrios donde diferentes generaciones convivan y compartan determinados espacios.
En lugar de separar sistemáticamente guarderías, residencias, viviendas, centros culturales y espacios deportivos, podríamos empezar a mezclarlos.
La diversidad de edades, actividades y experiencias podría convertirse en uno de los principales valores de una comunidad.
La ciudad también debería ayudarnos a mantenernos activos.
Caminar, correr, montar en bicicleta, jugar o practicar deporte no deberían depender exclusivamente de instalaciones específicas.
La propia ciudad puede convertirse en una infraestructura para el movimiento.
Calles con menos tráfico, recorridos peatonales, vegetación, agua, sombra, parques conectados, instalaciones deportivas abiertas y naturaleza integrada en los barrios pueden hacer que la actividad física forme parte de nuestra rutina.
Especialmente en ciudades mediterráneas, recuperar la calle como espacio cotidiano puede ser una de las herramientas más poderosas para mejorar nuestra calidad de vida.
Probablemente éste sea uno de los grandes retos de las próximas décadas.
Cuanto más sofisticado sea nuestro mundo digital, más importante puede convertirse nuestra relación con el mundo físico y con otras personas.
Podremos trabajar desde casa, comprar desde casa, aprender desde casa e incluso relacionarnos mediante sistemas digitales extraordinariamente avanzados.
Pero precisamente por eso necesitaremos lugares que nos den razones para salir de casa.
Plazas. Patios. Mercados…
Este cambio también podría transformar nuestra idea de vivienda.
Durante las últimas décadas hemos intentado hacer que nuestras casas sean cada vez más autosuficientes. Trabajamos, vemos películas, hacemos deporte, compramos y recibimos comida sin necesidad de salir de ellas.
Pero una vivienda completamente autosuficiente también puede convertirse en una pequeña isla.
Quizá el futuro pueda avanzar en otra dirección.
Viviendas privadas, confortables y eficientes, pero integradas dentro de comunidades con extraordinarios espacios compartidos.
Imaginemos un edificio residencial que, además de viviendas, incorporase una biblioteca, espacios de trabajo, talleres, habitaciones para invitados, gimnasio, cocina comunitaria, huertos, jardines, espacios infantiles y lugares donde simplemente poder estar.
No se trataría de renunciar a la privacidad.
Todo lo contrario.
Se trataría de combinar una excelente privacidad individual con una excelente vida colectiva.
La vivienda dejaría de terminar en la puerta de nuestra casa.
El edificio, el patio, la calle y el barrio formarían parte de una casa mucho mayor.
Existe la tentación de imaginar la ciudad del futuro llena de pantallas, robots y edificios de apariencia futurista.
Sin embargo, quizá ocurra exactamente lo contrario.
Cuanto mayor sea nuestra relación con el mundo digital, mayor valor podrían adquirir las experiencias físicas más sencillas.
La sombra de un árbol, el agua, la vegetación…
Los edificios más avanzados tecnológicamente podrían ser aquellos donde la tecnología permanece prácticamente invisible mientras mejora silenciosamente la energía, el confort, la movilidad y el funcionamiento de la comunidad.
Curiosamente, muchas de las respuestas podrían encontrarse mirando hacia atrás.
El pueblo y la ciudad mediterránea tradicional contienen algunas de las características que posiblemente necesitaremos recuperar.
La proximidad, la mezcla de usos, la plaza…
Y, sobre todo, el encuentro cotidiano entre personas.
Durante décadas, uno de los problemas de las pequeñas comunidades ha sido precisamente su limitada capacidad para ofrecer oportunidades profesionales, educativas y culturales.
La inteligencia artificial, el trabajo remoto y la conectividad global pueden modificar esa situación.
Esto abre una posibilidad fascinante:
combinar la intensidad social del pueblo mediterráneo, las oportunidades intelectuales de una gran ciudad, el contacto con la naturaleza y la conectividad tecnológica mundial.
La inteligencia artificial también transformará inevitablemente nuestra profesión.
Muchas tareas relacionadas con el dibujo, la visualización, el cálculo, la documentación o incluso el desarrollo de determinadas soluciones arquitectónicas podrán automatizarse progresivamente.
Por eso, quizás el valor del arquitecto esté cada vez menos en producir documentación y cada vez más en formular las preguntas adecuadas.
¿Cómo queremos vivir?
¿Qué debemos compartir y qué debe permanecer privado?
¿Cómo conseguimos que diferentes generaciones convivan?
¿Cómo podemos favorecer encuentros sin imponerlos?
¿Cómo creamos comunidades que no sean únicamente productos inmobiliarios, sino auténticos lugares para vivir?
La arquitectura siempre ha sido mucho más que construir edificios.
Es diseñar las condiciones físicas en las que transcurre nuestra vida.
Durante el siglo XX, una de las grandes preocupaciones del urbanismo fue crear ciudades eficientes para producir, trabajar y desplazarnos.
Quizá una de las grandes preguntas del siglo XXI sea diferente.
¿Cómo diseñamos lugares donde las personas puedan tener una vida interesante cuando ya no necesiten pasar ocho horas diarias trabajando?
No se trata simplemente de disponer de más tiempo libre.
Se trata de tener más vida.
Más oportunidades para crear, aprender, cuidar…
Desde Angar Arquitectos creemos que reflexionar sobre estas nuevas formas de habitar no pertenece únicamente al futuro. Es una conversación que la arquitectura debería comenzar a plantear desde hoy.
Porque quizás la ciudad del futuro no sea aquella que tenga más tecnología.
Quizás sea aquella que consiga utilizarla para devolvernos algo mucho más valioso:
nuestro tiempo y la posibilidad de compartirlo con los demás.
Architect in Seville. Architecture´s studio in Seville.